Volcanes Sangangüey y Ceboruco: Dos gigantes de Nayarit
Hay un momento en el que el aire se enrarece, el paisaje se vuelve mineral y sientes bajo tus pies el pulso antiguo de la tierra. Eso es lo que busqué, y encontré, en el corazón de Nayarit. No fue un simple viaje de senderismo; fue un diálogo con dos colosos: el Sangangüey, envuelto en bruma y misterio, y el Ceboruco, donde el fuego aún respira. Esta es la crónica de cómo me enfrenté a sus pendientes, dormí bajo sus estrellas y descubrí que la verdadera aventura no está solo en la cima, sino en cada paso que te lleva a ella.
El Sangangüey: Una ascensión entre la bruma
La madrugada en Tepic era fresca cuando partí hacia la base del volcán Sangangüey. El primer tramo del sendero era engañosamente amable, pero pronto la selva baja se cerró a mi alrededor. La humedad se condensaba en una bruma plateada que filtraba la luz del sol, creando un mundo de sombras verdes y sonidos amortiguados. Avanzar se convirtió en un acto de concentración: esquivar raíces retorcidas, encontrar apoyo en rocas cubiertas de musgo y sentir el ardiente latido de mi propio corazón. La dificultad moderada-alta no era una exageración; cada hora de ascenso demandaba respeto.
Tras cuatro horas de esfuerzo constante, la vegetación comenzó a ceder. De pronto, salí a la claridad. La cima me recibió con un viento fuerte y gélido que barrió de un soplo mi cansancio. Nayarit se desplegaba a mis pies en una panorámica que quitaba el aliento. Valles infinitos, manchones de nube que navegaban lentamente y un silencio tan profundo que parecía tangible. Esa noche, acampé en una planicie cercana. Con un saco de dormir para bajas temperaturas y una linterna frontal como mi única compañía lumínica, presencié un cielo estrellado de una pureza abrumadora. Dormí poco, pero soñé despierto.
El desayuno de Coapán y el arte de la lava
Con las piernas protestando, pero el espíritu renovado, conduje hacia el municipio de Jala, rumbo al volcán Ceboruco. Mi primera parada fue estratégica y deliciosa: el pequeño poblado de Coapán. En un comedor local, el aroma a leña y café recién hecho era la mejor bienvenida. Sentado en una mesa sencilla, probé un tasajo nayarita, jugoso y lleno de sabor, acompañado de frijoles bayos, salsa de molcajete y tortillas hechas a mano. Fue más que alimento; fue la energía y la tradición que necesitaba para el segundo gran ascenso.
Antes de enfrentar al volcán, hice una parada reveladora en un taller de artesanía en piedra volcánica. Ver a los maestros locales esculpir con paciencia infinita la misma roca que un día fue lava del Ceboruco, transformándola en molcajetes y esculturas, cambió mi percepción. Estos volcanes no son solo monumentos naturales; son parte de la identidad y el sustento de su gente.
Ceboruco: Caminando sobre un gigante dormido
El ascenso al Ceboruco es un viaje a través de capas climáticas. Comencé entre un calor húmedo y vegetación exuberante, para luego pasar a zonas de aire seco y pinos retorcidos. El paisaje final, cerca de la cima, es lunar: un mar de ceniza gris, rocas porosas y un silencio inquietante. El olor a azufre, tenue pero persistente, confirmaba que estaba caminando sobre un coloso vivo. Llegar al borde del cráter principal, uno de los más grandes de México, produce una mezcla de vértigo y fascinación. La vista es desoladora y poderosa, un recordatorio de la fuerza creativa y destructiva que moldea nuestro mundo.
Allí, en la cresta, con el viento azotando, tuve la sensación más clara de toda la travesía. No se trataba de conquistar estas montañas, sino de ser recibido, por un instante fugaz, en su inmensa y antigua quietud.
Antes de ir: Consejos prácticos para la travesía
Para que tu experiencia en estos volcanes sea segura y memorable, te comparto lo que aprendí en el camino:
- Prepara tu condición física: Ambos ascensos, especialmente el Sangangüey, son exigentes. Un entrenamiento previo con caminatas en pendiente hará una gran diferencia.
- Equípate para dos climas: Lleva capas de ropa que puedas poner y quitar. En la cima del Sangangüey hace frío y viento, mientras que la base del Ceboruco puede ser muy calurosa. Un impermeable ligero es esencial.
- Hidratación y nutrición son clave: No subestimes la necesidad de agua (mínimo 3 litros por persona) y comida energética como frutos secos o barras. En Coapán puedes recargar energías con la comida local.
- Respeta la naturaleza volcánica: En el Ceboruco, mantente en los senderos marcados. El terreno puede ser inestable y las fumarolas indican actividad. No alteres el frágil ecosistema.
- Contrata guías locales para el Sangangüey: Aunque el sendero es identificable, un guía de la zona no solo te asegura el camino correcto, sino que enriquece la experiencia con historias y conocimiento del lugar.
Regresar a la carretera, al mundo del asfalto y los horarios, fue un contraste brutal. Pero algo había cambiado. Nayarit ya no era solo un nombre en el mapa para mí; era la memoria del viento frío en la cumbre, el sabor del tasajo ahumado, la textura áspera de la piedra volcánica y la humilde lección de que somos pasajeros breves en una tierra de gigantes eternos. Esta aventura te espera. Solo tienes que dar el primer paso y mirar hacia arriba.